








Historia
En un tablero de 64 casillas han de moverse alternativamente las 16 piezas heterogéneas de dos bandos opuestos, por voluntad y talento de cada jugador. Como en otros juegos de tablero, en el Ajedrez todo está; a la vista y no hay elementos de la suerte que impongan la jugada. Y a diferencia de la mayoría de tales juegos, el objeto no es tanto el de acumular material, piezas o tantos -la mayoría de los cuales pueden sacrificarse- como el de arrinconar y matar al rey contrario. La sencillez del escenario -32 piezas en 64 casillas- es sumamente engañosa: las combinaciones posibles de una partida normal es de aproximadamente 38 elevado a la 84 posiciones, una cifra comparable a la de átomos del universo. Ello permite comprender por qué el juego del Ajedrez es tan complicado, sutil e inagotable. Y permite también comprender por qué desde hace más de mil años se mantiene como uno de los más absorbentes y fascinantes entretenimientos humanos.
Muy conocida es la leyenda de su origen, la del sabio cortesano llamado Sissa, que deseando curar a su rey de neurastenia, le propuso un juego en el que el principal personaje, un rey, era débil y corto de fuerzas, lo que había de servirle de lección de humildad. Y también la secuela de que, encantado el rey con el juego, ofreció al inventor lo que quisiera de recompensa, y éste pidió la de los granos de trigo: uno por la primera casilla, dos por la siguiente, cuatro por la tercera y así sucesivamente hasta la 64. Poco le pareció al rey hasta que se hicieron las cuentas: se trataría de unos 18 quintillones de granos, es decir, lo que no se reuniría en una cosecha del mundo entero. Leyendas aparte, juegos de tablero cuadriculado se remontan a 3000 años a. de C., por hallazgos en Mesopotamia y en Pakistán. De fecha posterior se han encontrado pinturas y bajorrelieves egipcios del 1200 a. de C. de la reina Nefertari y del faraón Ramsés III jugando a algo semejante al Ajedrez. En cualquier caso los historiadores coinciden en que el primer antecedente legítimo del juego apareció en la India hacia el año 470 a. de C. Se llamaba Chaturanga ("cuatro reyes") y lo disputaban cuatro jugadores sobre un tablero de 64 casillas, cada uno de los cuales disponía de un rey, un elefante, un caballo, un navío y cuatro peones, dispuestos en las cuatro esquinas. Cada jugador había de esforzarse en capturar un rey opuesto y defender el propio, pero las jugadas se determinaban por un dado. Con el tiempo se suprimió el azar del dado, se destituyó por la reflexión y los contendientes se redujeron a dos. En cinco siglos el juego se extendió a China, donde se convirtió en el "del Elefante", y al Japón donde se llamó "Go" y "Go Bang", y pasó también a Persia donde bajo el reinado de Chosroes (531-579) tomó el nombre de Chatrang, del que viene "jaque" y "jaque mate" o muerte al rey. De allí lo adoptaron los árabes hacia el 650; el legendario Harun-al-Raschid ofreció un Ajedrez a Carlomagno del que se conservan algunas piezas. Los árabes lo trajeron a Occidente, a través de España, donde el rey Alfonso X "el sabio" (1252-1284) recogió de ellos 103 "mansubas" o problemas de Ajedrez en el célebre manuscrito del Bonus Socius. Que el Ajedrez era ya popular por entonces lo atestigua un testamento del conde de Barcelona, Ermengol, quien en 1010 lega sus trabajos al convento de San Gil y otro de la condesa Hermosinda, en 1058, con un legado similar. De 1088 se conserva el poema del rabino toledano Abraham Ben Ezra que describe una partida de etíopes (negras) y edomitas (rojos). Estas estampas y manuscritos atestiguan que ya por entonces se había ideado un modo de representar sus piezas y anotar sus jugadas para preservar problemas y partidas, algo insólito para un mero juego de entretenimiento y que sugiere ya la calidad intelectual perdurable que se atribuían a sus "ideas". Es en el siglo XV, sin embargo, cuando el Ajedrez se reforma definitivamente, seguramente en España, donde se asignan nuevos nombres y movimientos a las piezas y se introduce el enroque; más tarde se añade el facultativo avance del peón de uno o dos pasos y, por consiguiente, la captura "al paso". La mayor reforma es la del original "firzan" (visir o consejero) árabe que se convierte en dama o reina y adquiere prodigiosa capacidad de movimientos en todas direcciones. Se ha especulado mucho si en esta transformación se oculta un tributo al carácter de las reinas que, como Isabel la Católica, tantas muestras daban de poder y energía. En todo caso, puesto que se coloca al lado del rey en el tablero, parecía obvio llamarle así. "Pil" era en persa el elefante que los árabes tradujeron a "fil" y de ahí viene alfil, nombre que se conservó, aunque alternando su movimiento (el predecesor podía saltar sobre otras piezas), pero que en el resto de Europa tomó otros nombres: "flou" o bufón en Francia; "laufer", corredor en Alemania; "slon", elefante en Rusia. Los ingleses, observando que su cabeza partida tenía aspecto de mitra, le llamaron "bishop", obispo. El caballo ("faras", en árabe) ha conservado inalterable su movimiento de saltos de casilla blanca a negra y su nombre se ha cambiado al de caballero en algunos idiomas. Tampoco la torre alteró sus movimientos, pero su nombre árabe de "rujj" (carro de guerra) se conserva en inglés, "rook", aunque en español perviva el derivado del enroque; por otra parte, los ingleses llaman "castling", encastillar, al enrocar, así que todo se compensa. Los peones (traducción literal del árabe "baidaq", soldado de a pie), los más numerosos, avanzan sólo hacia delante como la fiel infantería, pero reviste cierto simbolismo el que, si sobreviven en su avance, se promueven a pieza superior. Esto provocó algunas controversias en su tiempo, pues si podía haber dos reinas en el tablero, el rey adquiría la poco edificante condición de bígamo. Desde su fundación el rey conserva inalterable su valor simbólico, tanto como sus débiles facultades, que le obligan a huir tímidamente de los ataques; bien que cuando sus tropas van desapareciendo adquiere súbita fuerza propia. La reforma de los siglos XV y XVI fijó definitivamente las reglas del Ajedrez que se mantienen inalterables desde entonces. En esos cuatro siglos se desenvuelve la fascinante historia del juego así reformado. Las nuevas piezas inspiran el primer tratado debido a Lucena (1497) "Repetición de amores e arte de axedres", primer compendio de aperturas; a Lucena se atribuye también el famoso manuscrito de Gottingen (1490-1500), un ensayo en latín en el que se analizan doce aperturas y treinta problemas, entre aquellas la que después llevaría el nombre de "apertura española" o de "Ruy López" que se atribuyó la idea más tarde. Ruy López de Segura (1507-1575), clérigo vecino de la villa de Zafra, era un fuerte jugador que en un viaje a Italia en 1560 derrotó a los principales jugadores locales, incluido Givanni Leonardi, "il Puttino" que se revelaría posteriormente como uno de los más fuertes del Renacimiento. A su vuelta publicó Ruy López su celebrado "Libro de la invención liberal y arte del juego del ajedrez", donde se incluye y analiza la apertura a la que se ha dado su nombre y que todavía hay es una de las más fuertes que se ofrecen a las blancas. Su consejo de colocar al oponente de manera que le dé el sol en los ojos, si no muy teórico, ha sido repetido hasta la saciedad cuando se le cita. En el siglo XVIII aparece en Francia un notable talento, André Danican Philidor (1726-1795). En 1790 jugó victoriosamente tres partidas simultáneas "a ciegas" en Londres, algo que, aunque no era inédito, parecía entonces asombroso. Lo más notable de Philidor fue, con todo, su "Analyse du Jeu des Echecs", en el que racionaliza la partida con rigurosos principios como el de "los peones son el alma del ajedrez". A comienzos del siglo XIX todos los grandes jugadores son franceses, que hacen del Café de la Régence de París el centro mundial del gran juego y de La Palamede la primera revista dedicada exclusivamente a sus viscisitudes. Londres, Viena y otras capitales le disputan la supremacía cuando entran en escena Adolf Anderssen (1818-1879), un alemán de Breslau, que gana brillantemente el primer gran torneo internacional de Londres de 1851, donde juega la tan celebrada partida inmortal contra Lionel Kieseritzky. Genio de las combinaciones, Anderssen se ve súbitamente superado por el norteamericano Paul Charles Morphy (1837-1884), que pasa por Europa como un meteoro derrotando a todos sus oponentes. Quien sigue ahora es un hombre de excepcionales dotes intelectuales: Wilhelm Steinitz (1836-1900), un estudiante de Praga que hace sus estudios en Viena, donde ha de ganarse la vida jugando al Ajedrez. Se traslada primero a Londres y con posterioridad a los Estados Unidos. Triunfa en innumerables torneos y encuentros individuales y durante veinte años ostentando el título de campeón del mundo. Lo más notable de su carrera son, sin embargo, sus teorías, pues constituyen todo un cuerpo de doctrina de la que sobresale la noción de que no se gana una partida por combinaciones ni sacrificios a la moda, sino por una sistemática acumulación de pequeñas ventajas "posicionales". Sus ideas serían sistematizadas luego por Siegbert Tarrasch (1862-1934), un doctor en medicina alemán y uno de los más brillantes teóricos del juego. Emanuel Lasker (1868-1941), un filósofo y matemático alemán de poderoso talento combinativo; José Raúl Capablanca y Graupera (1888-1942), niño prodigio cubano que maravilla por su milagrosa sencillez de juego; Alexander Alekhine (1892-1964), un emigrado ruso-francés que es como un torrente de imaginación; Mijail Moisevich Botvinnik, que inaugura la racha de campeones soviéticos hasta la irrupción en 1972 del temperamental y estupendo norteamericano Robert James Fischer, que renuncia al título a favor de Anatoli Evguenyevich Karpov, traen la lista de campeones del mundo hasta nuestros días con el actual, el increíble azerbaiyano Garri Kasparov.